Es una de de aquellas tardes calurosas de verano Andrea se dispuso a disfrutar de la piscina del hotel. Se puso el bikini que mejor le quedaba y bajó hacia la piscina. Se dio un chapuzón y luego comenzó a disfrutar del sol. Rapidamente recordó que en el hotel no había gente porque era cambio de temporada, por lo que decidió a hacer topless (igualmente la vergüenza no era su fuerte). A los pocos minutos de haber tomado esa decisión oye una voz que le susurra al oído.: “
Te puedo hacer compañía?” Ella atinó a taparse sus pechos, pero él la frenó diciendo “Cada uno tiene derecho a disfrutar del sol como quiera, no te inhibas ante mi”. Esa frase alcanzó para convencerla de que siguiera con el topless. A los pocos minutos ella (que se mostró muy complacida de la compañía del extraño) giró para tomar sol (dejando ver una tanga que lucía muy sexy) y le pidió a él que le pasara crema por la espalda. Obviamente él accedió al pedido y comenzó a esparcirle crema por la espalda muy suevamente, casi como un masaje.
Ella sentía sus manos y también sentía como su respiración era cada vez más intensa y su cuerpo comenzaba a calentarse por algo más que el sol. Al notar la excitación de ella, él se atrevió a pasarle bronceador por sus apetitosas nalgas y sus fornidas piernas, gesto que ella agradeció comenzando a mojar sutilmente su tanguita. Es así como ella no dudó en girar nuevamente para que él le pasara más crema, en este caso por las piernas, pero de frente. Fue en ese momento, cuando ella levantó la vista, y miró que debajo del short de aque hombre asomaba un grueso pene de esos que no acostumbraba a ver seguido. Sin embargo esperó que él termine de esparcir el bronceador por todo su cuerpo (especialmente por sus pechos) para invitarlo a que se desnudara y que estuviesen en igualdad de condiciones ante el sol.
El aquel hombre se quitó el short y, boca a arriba, comenzó a disfutar del sol natural. Fue ahí cuando ella, sin necesitar de la excusa del broceador, acercó lentamente su boca hacia su pecho, fue bajando poco a poco hasta encontrar con su lengua la punta de su pene, pocas tenían la habilidad de ella para levantar el pene y chuparlo sin la ayuda de sus manos, sólo con la lengua y la boca hizo que él emita unos gritos de placer desgarradores. El pensó que la mejor manera de devolverle el placer que le brindó ella era “pagarle con la misma moneda” y asi fue que la sentó en la orilla de la piscina, le pidió que se sacara la tanguita y él dentro de la piscina comenzó a jugar con su clítoris con la lengua. Le lamió lentamente los labios vaginales, luego introdujo su lengua hasta hacerla mojar mucho y ahí se comió a su concha con un placer que, a juzgar por la excitación de ella, fue mutuo.
Cuando la excitación era indominable, él la invitó a bajar a la piscina para introducir su miembro en su dilatado sexo, rítmicamente se dieron placer uno al otro rozandose con sus genitales en el agua y sus manos por todo el cuerpo. Antes de llegar al punto máximo de excitación, ambos, con la mirada, decidieron subir al borde de la piscina donde él esperaría boca arriba que ella se introduzca su miembro y lo coja hasta llegar al extasis total. Mientras él chupaba sus pechos y se excitaba más al ver entrar y salir a la concha de su socia cada vez más rápido hasta que ambos sintieron una explosión de placer que los inmovilizó primero y los hizo gemir al unísono luego. El final de la historia es un tierno y largo beso apasionado. Ambos se prometiron repetirlo quizás en un lecho más cómodo o en un lugar más extraño, sólo esperar gozar tanto o más que esta vez.
Hasta en cada cambio de estación se encuentran en aquel hotel y disfrutan en los lugares más discretos y en las habitaciones que son frente al mar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario